Las Minas del Rey salomón
Las Minas del Rey salomón ¡En el oasis!
Y ahora quizá llegamos a la más extraña de todas nuestras aventuras y a la que mejor demuestra cuan maravillosamente se enlazan los sucesos.
Caminaba tranquilo algunos pasos delante de mis dos compañeros, siguiendo la orilla de la corriente que salÃa del oasis para perderse a poco, absorbida por las secas y ardorosas arenas, cuando de improviso, quedeme como clavado en el suelo y me froté los ojos, dudando de lo que veÃa. A unas veinte varas a mi frente, en un lugar encantador, protegida por las ramas de una especie de hoguera y cerca del arroyuelo, se alzaba una reducida choza, construida al estilo de la de los kafires, con hierbas y mimbres, pero que en vez de una entrada de colmena, tenÃa una puerta de racional tamaño.
—¿Qué significa esto? —me pregunté— ¿qué diantre hace esa choza aquÃ? No acababa de formularme estas preguntas, cuando, abriéndose la puerta, dio paso a un hombre blanco, vestido de pieles y con una desmesurada barba negra. No cabÃa duda, el sol me habÃa trastornado el cerebro. Aquello no podÃa ser sino una alucinación. Ningún cazador se arriesgaba a venir a estos lugares y, mucho menos a establecerse en ellos. Yo le miraba asombrado, de igual manera él a mÃ, y asà estuvimos hasta que llegaron sir Enrique y Good.
—Decidme ¿es aquel hombre un blanco o estoy viendo visiones?
