Las Minas del Rey salomón
Las Minas del Rey salomón Para subir desde el Cabo hasta Durbán se emplean cuatro o cinco días, según la velocidad del buque y el tiempo que se encuentre durante la travesía. A veces, cuando el desembarque se hace difícil en Londres del Este, en donde aún no se ha terminado el grandioso puerto de que tanto se habla y tanto dinero consume, es preciso hacer una demora de veinticuatro horas, antes que las lanchas puedan salir a verificar la descarga, pero en esta ocasión, nada tuvimos que aguardar. No habiendo rompientes en la barra, los remolcadores vinieron al momento con sus largas hileras de feos lanchones, en los cuales los efectos fueron acumulados con estruendo; sin tener en cuenta lo que fueran, trasbordábaseles rudamente, tratándose del mismo modo a un bulto de porcelanas que a una paca de lienzo. Vi allí hacerse añicos una caja con cuatro docenas de botellas de champaña, la que corrió humeante y espumosa por el fondo del asqueroso lanchón. Era un sensible despilfarro y así, evidentemente lo pensaron los kafires que en él estaban, pues encontraron un par de botellas intactas, rompiéronles los cuellos y apuraron su contenido sin dar lugar al espumoso licor de desprenderse de sus gases, los que, dilatándoseles en el estómago, les hizo sentir como si se hincharan, por lo que se echaron a rodar por el fondo del lanchón gritando que el buen licor estaba «tagati» (encantado). Les hablé desde el buque, diciéndoles que aquella bebida era la medicina más enérgica de los blancos, y que debían contarse entre los muertos, oído lo cual, marcháronse para tierra llenos de terror: seguro estoy, que desde esa fecha no se han atrevido ni siquiera a oler esta clase de vino.