Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Después de acomodarse junto a la muchacha, Alec d’Urberville hizo que se adelantara el coche muy aprisa por la cresta del primer cerro, colmando de amabilidades a Tess, hasta que dejaron atrás al carro con el equipaje. En torno a ambos jóvenes se extendÃa en suave declive un panorama interminable; a sus espaldas, el verde valle, cuna de Tess; por delante, una campiña gris, de la que ella sólo conocÃa lo que viera en su primera y fugaz visita a Trantridge. De esta suerte llegaron a la cima de una cuesta por la cual descendÃa luego el camino en lÃnea recta por espacio de casi dos kilómetros.
Desde el percance que le ocurriera con el caballo de su padre, Tess, no obstante ser animosa de suyo, se habÃa vuelto sumamente tÃmida en punto a ruedas de vehÃculos, y el menor vaivén la sobresaltaba. De suerte que hubo de sentirse inquieta al observar cierto descuido en el modo de guiar el coche que tenÃa su conductor.
—¿Bajará usted despacito, verdad, señor? —le preguntó con afectada indiferencia.
D’Urberville se volvió a mirarla, mordisqueó su cigarro con la punta de sus finos y blancos incisivos y luego permitió que sus labios sonrieran despacio por sà mismos.
