Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville La comunidad volátil de cuyo cuidado se había encargado a Tess, teniendo que hacer veces de nodriza, médico y mantenedora, estaba instalada en una casita vieja con techo de bálago, sita en un recinto que había sido jardín, pero que ya no era a la sazón sino un cuadrilátero pisoteado de arena. La hiedra había invadido la casa, y la chimenea, abultada por el follaje de esa planta parasitaria, tomaba las proporciones y apariencia de una torre ruinosa. Las habitaciones de la planta baja estaban enteramente dedicadas a las aves, que paseaban por ellas con ínfulas de propietarias, cual si la vivienda en cuestión la hubieran construido ellas y no ciertos polvorientos colonos que ahora yacían al este y al oeste en el camposanto[29]. Los descendientes de aquellos fenecidos colonos consideraron casi como una injuria a su familia que la casa para ellos tan querida, que tanto dinero había costado a sus antepasados y que había pertenecido a la familia durante generaciones hasta que los d’Urberville se afincaran allí, hubiera descendido a la categoría de gallinero por la decisión de la señora Stoke-d’Urberville tan pronto como la propiedad fue legalmente suya.
«En tiempos de nuestro abuelo», decían, «allí vivían cristianos».
