Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Cada aldea tiene su idiosincrasia, su temple especial y a menudo hasta su código de moral propio. La índole casquivana de algunas de las jóvenes de Trantridge y sus contornos era notoria y tal vez sintomática del espíritu selecto que gobernaba Los Escarpes. Otro defecto aún más inveterado tenía también el lugar, y era que en él se bebía de firme. La conversación corriente en las granjas de los alrededores solía versar sobre la inutilidad del ahorro; y aquellos matemáticos de blusón, apoyados en sus estevas o azadones, se enredaban en cálculos complicadísimos para demostrar que la beneficencia parroquial constituía para la vejez del hombre una ayuda más completa que la que pudiera representar el ahorrar de sus jornales toda una vida. El mayor placer de aquellos filósofos se cifraba en ir todos los sábados por la noche, luego que daban de mano al trabajo, a Chaseborough, ciudad mercantil ya en decadencia, situada a cuatro o cinco kilómetros de distancia, de donde volvían en las primeras horas de la mañana siguiente para pasarse el domingo durmiendo los efectos dispépticos de las peregrinas pócimas que con nombre de cerveza les servían los monopolizadores de las en otro tiempo ventas independientes.
