Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville —No, no es necesario —replicó Alec, dándole unas palmaditas cariñosas al cansado animal.
Metió a éste por la maleza, lo ató a un tronco y formó para Tess una suerte de lecho o nido en un blando montón de seca hojarasca.
—Ea, siéntese usted aquí —dijo el joven—. Estas hojas no se han calado todavía. Conque de cuando en cuando le eche al caballo una miradita, basta. —Se apartó de ella unos pasos, pero luego volvió diciendo—: Por cierto, Tess, que desde hoy tiene ya su padre otro jaco. Se lo ha dado cierta persona.
—¡Cierta persona! ¿Quién? ¿Usted, acaso?
D’Urberville movió la cabeza con ademán equívoco.
—¡Oh, qué bueno es usted! —exclamó la joven con una penosa sensación de cortedad por tener que expresarle su gratitud en aquel momento.
—Y también les han llevado a los niños unos juguetes.
—No sabía que les hubiera enviado usted nada —exclamó la joven conmovida—. Casi hubiera preferido que no… Sí, siento que lo haya hecho usted.
—¿Y por qué, hija mía?
—Pues… ¡porque eso me cohíbe!
—Tess, ¿pero es que todavía no siente usted cariño hacia mí? —Siento gratitud —declaró ella de mala gana—. Pero temo que no…