Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville —Las noches de septiembre son muy frÃas. ¡Vamos a ver, Tess! —Se quitó el gabancillo de entretiempo que llevaba puesto y arropó con él cariñosamente a la muchacha—. AsÃ, ya verá usted cómo entra en calor… Bueno, preciosa, aquà se queda usted. Yo vuelvo enseguida. Y rápidamente se metió por entre las redes de vapor que formaba ya la niebla entre los árboles. Tess pudo oÃr el chasquido de las ramas que él apartaba al subir por la inmediata ladera, hasta que sus movimientos no produjeron ya más ruido que el salto de un pájaro, extinguiéndose al cabo por completo. Al ocultarse la luna disminuyó la pálida claridad de la noche, y Tess se hizo invisible, recostándose con cavilosa somnolencia en su montón de hojarasca.