Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville El regreso de Tess Durbeyfield desde la mansión de sus falsos parientes se rumoreó por ahí, si eso no es mucho decir para un espacio de un kilómetro cuadrado. Aquella misma tarde estuvieron a visitarla unas chicas de Marlott, compañeras de colegio y amigas suyas, las cuales iban almidonadas y planchadas como requería la visita a quien como Tess —según ellas se figuraban— había hecho su suerte, y se sentaron en corro en la estancia mirando a la joven con gran curiosidad. Porque la circunstancia de que aquel presunto primo en trigésimo primer grado, d’Urberville, todo un caballero y de otra localidad, se hubiese prendado de Tess, con la fama que tenía de mujeriego y de ladrón de corazones, empezaba a divulgarse más allá de los límites de Trantridge, ciñendo a la joven de un prestigio mucho mayor, por los peligros que entrañaba, que si se hubiera tratado de algo sin riesgo.
Era tan profundo el interés que mostraban las muchachas, que las más murmuraban a espaldas de Tess:
—¡Qué guapa es! ¡Y cómo le sienta esa blusa! Debe de haberle costado un dineral. ¡Es regalo de él!
