Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Era un brumoso amanecer de agosto. Los más densos vapores nocturnos, atacados por cálidos destellos de sol, se separaban y se recogÃan en vedijas sueltas por hondonadas y umbrÃas, en espera de quedar en nada al secarse.
El sol, por efecto de la niebla, tomaba una extraña apariencia sensible y personal, que estaba pidiendo al pronombre masculino para su denominación adecuada. El aspecto que en aquel instante mostraba, junto con la total ausencia de formas humanas en el paisaje, explicaba las heliolatrÃas de la antigüedad. PodÃa hasta concederse que nunca habÃa existido en el mundo religión más sensata. El supremo luminar era un ser divino de dorados cabellos, resplandeciente y de dulce mirada, que contemplaba en la plena flor de su juventud una tierra que le atraÃa con el más vivo interés.
Un poco más tarde penetró ya su luz por las rendijas de los postigos de las casas, proyectando unas franjas como asadores al rojo encima de las alacenas, cómodas y demás enseres del menaje interior y despertando a los cosechadores que aún no estaban de pie.
