Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville «La experiencia», dice Roger Ascham[43], «nos sirve para encontrar un atajo después de un largo rodeo». No es raro que esta caminata nos deje ya rendidos para seguir andando, y entonces ¿qué utilidad tiene la experiencia? De esta índole incapacitadora era la de Tess Durbeyfield. Por fin se había enterado de lo que debía hacer, pero ahora, ¿quién aceptaría que lo hiciera?
Si antes de ponerse en relación con los d’Urberville se hubiera atenido inflexiblemente a las diversas máximas y consejos morales que conocía como todo el mundo, no se hubieran burlado de ella de aquel modo. Mas no estuvo en su mano —como no lo está en la de nadie— ver con toda claridad la verdad que tales áureas sentencias y máximas encerraban, cuando todavía era tiempo de utilizarlas. Como tantos otros, también Tess hubiera podido argüirle a Dios como san Agustín: «Nos has enseñado un camino mejor del que nos has permitido seguir»[44].
Todo aquel invierno permaneció en casa de sus padres, desplumando gallinas o cebando pavos y gansos, o haciéndoles vestidos a sus hermanitos de las prendas elegantes que d’Urberville le regalara y que ella no quiso ponerse por despecho. No quería pedirle ayuda, pero a menudo unía las dos manos en la nuca y se quedaba pensativa y ociosa mientras los demás creían que estaba trabajando con ahínco.
