Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Y era probablemente la verdad, que su semiconsciente rapsodia no pasaba de ser un desahogo fetichista sobre un fondo de monoteísmo; que las mujeres, que tienen por principal compañía las formas y las fuerzas de la naturaleza, conservan en sus almas más de la fantasía pagana de sus antepasados que de las sistemáticas impresiones que la religión inculcó más tarde a su raza. A pesar de ello, encontró Tess una expresión aproximada de sus sensaciones en el antiguo Benedicite que de niña aprendiera. La intensa alegría que le causara el insignificante acto inicial de abandonar la casa paterna para formarse una vida independiente se avenía muy bien con el temperamento de los Durbeyfield. Deseaba realmente Tess ir por el mundo con la cabeza elevada, mientras que a su padre no le importaba esto gran cosa; mas se parecía a él en que se contentaba con pequeños resultados inmediatos, no encogiéndosele el alma ante la idea del laborioso esfuerzo que había de desplegar para conseguir el modesto progreso social a que podía aspirar una familia tan duramente perseguida por el infortunio, cual era a la sazón la de los antaño poderosos d’Urberville.