Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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Sin saber bien qué dirección tomar, se detuvo Tess al filo de la hondonada, como una mosca que se posara en una mesa de billar de longitud indefinida. El único efecto que causó por de pronto su presencia en el plácido valle fue espantar a una garza solitaria, que después de bajar hasta la senda que ella siguiera, se la quedó mirando con el cuello erguido.

De pronto se dejó oír por todas partes una prolongada y repetida llamada:

—¡Uau!, ¡uau!, ¡uau!

De uno a otro cabo de la llanura se extendió el grito como por contagio, acompañado a veces del ladrido de un perro. No era aquélla ninguna exclamación con que celebrase el valle el arribo de la hermosa Tess, sino la señal de costumbre para anunciar la hora del ordeño: las cuatro y media, hora en que los mozos de la granja encerraban las vacas.






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