Tess de D'Urberville

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—Lo mejor es un violín —dijo el lechero—, aunque me parece que en los toros hace más efecto la música que en las vacas, por lo menos tal he notado yo. Había en Mellstock un viejecito, que creo que se llamaba William Dewny[51], de una familia que comerciaba por allí, ¿se acuerda usted, Jonathan? Yo le conocía de vista. Bueno, pues nuestro hombre, al volver a su casa, en una hermosa noche de luna, de una boda en que había estado tocando el violín, tomó, por abreviar el camino, el atajo de Los Cuarenta Acres, una finca que hay por allí, donde estaba pastando un toro. Ver el toro a William y arrancarse hacia él con los cuernos bajos, todo fue uno; y aunque William corría que se las pelaba y no había bebido mucho de más (y eso que venía de una boda, y una boda de gente acomodada), comprendió que no podía llegar a tiempo a la cerca para saltarla y ponerse a salvo a tiempo. Y entonces, desesperado, se le ocurrió al pobre sacar el violín, como lo hizo, y sin dejar de correr empezó a tocar un aire de danza, volviéndose hacia el toro y reculando al mismo tiempo hacia la valla. El toro se amansó y se paró, mirándole fijamente, y el hombre siguió tocando y tocando, hasta que a la cara del toro asomó una especie de sonrisa. Pero no bien paró William de tocar, encaramándose a la cerca, ya dejó el toro de sonreírse y empezó a buscarle los pantalones con los cuernos. Y resultó que William no tuvo más remedio que ponerse a tocar otra vez el violín. Y eran las tres de la madrugada nada más, y el pobre sabía que en unas cuantas horas no había de pasar nadie por allí, y estaba tan cansado, que no sabía ya qué hacer. Dadas ya las cuatro, comprendió William que no iba a poder seguir tocando más y pensó: «¡Vaya, la última tocata como despedida para la eternidad! ¡Que como no me salve el cielo, estoy perdido!». Pero entonces hubo de acordarse que en Nochebuena, a medianoche, había visto arrodillarse al ganado[52]. No era entonces Nochebuena, pero a William se le ocurrió hacerle una jugarreta al toro. Se puso a tocar el himno de Navidad, como cuando los villancicos, y de pronto vio que el toro, como ignorante, se arrodillaba, como si fuera Nochebuena. Y tan pronto como William lo vio así, tan devoto, se dio prisa en saltar la cerca, lo que hizo con toda felicidad, poniéndose a salvo. Decía William que había visto en su vida a más de una persona desconcertada y perpleja, pero no tanto como el toro aquel al ver que había hecho burla de sus sentimientos piadosos… Pues sí, tal como lo cuento se lo oí al pobre viejo, que repito se llamaba William Dewny. Y hasta podría deciros poco más o menos el sitio donde está enterrado ahora en el camposanto de Mellstock, precisamente entre el segundo tejo y la nave norte.


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