Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Iba adelantando otra vez el buen tiempo con su plazo anual de flores, hojas, ruiseñores, pinzones y tordos y demás criaturas efímeras que sentaban sus reales donde otras las sentaran el año anterior, cuando ellas no pasaban todavía del estado de gérmenes y partículas inorgánicas[65]. Los rayos del sol abrían los capullos, desdoblándolos en pétalos e impelían tallo arriba la savia en calladas corrientes, difundiendo los aromas en hálitos y surtidores invisibles.
La casa de mozos y mozas del ganadero Crick disfrutaba de plácido y risueño bienestar. Quizá fuera su posición en la escala social la más venturosa de todas, pues hallándose por encima de la línea en que acaba la necesidad, se mantenía por debajo de aquella otra en que las conveniencias embotan el sentido natural, y las exigencias de la moda hacen que parezca poco lo que de otra suerte resultaría sobrado.
Así transcurrió la época de la germinación, en que la arborescencia parece ser el único intento que se pretende en el mundo exterior. Tess y Clare se estudiaban inconscientemente, vacilando al filo de la pasión, aunque aparentemente lejos de ella. De todos modos, convergían el uno y la otra, obedeciendo a una ley inevitable, como dos torrentes que van a desembocar al mismo valle.
