Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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XXI

Al terminar el desayuno se armó gran revuelo en la cocina. La mantequera daba vueltas como de costumbre, sólo que no cuajaba la manteca.

Siempre que sucedía así se paralizaba la vaquería. Cloc-cloc hacía la leche en el gran cilindro, pero no se oía el ruido que todos esperaban.

Crick y su mujer; las mozas Tess, Marian, Retty Priddle, Izz Huett; las casadas de otros distritos; Clare, Jonathan Kail, Deborah la vieja, todos, en suma, contemplaban desolados la máquina; y el chico que allá fuera cuidaba del caballo ponía unos ojos tamaños como lunas, mostrando comprender toda la gravedad de la situación. Hasta el melancólico jamelgo parecía mirar a la ventana a cada vuelta que daba, como interrogando.

—¡Años hace que no tenía que recurrir al hijo del saludador Trendle en Egdon[68], años hace! —suspiró amargamente el lechero—. Y no era nada para lo que fue su padre. Mil veces, por lo menos, he dicho que no creo en ellos. Pero aunque no crea, no voy a tener más remedio que ir a buscar a ése, si es que vive. ¡Como esto siga así no voy a tener más recurso que ir a buscarle!

Hasta Clare empezó a participar de los trágicos y desesperados sentimientos del lechero.


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