Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Sonó en esto el reloj de la iglesia, y el estudiante dijo de repente que tenÃa que partir para reunirse con sus hermanos. Al salir del baile posó su mirada un momento en Tess Durbeyfield, cuyos grandes ojazos en aquel instante, para decir la verdad, tenÃan el más suave aire de reproche por no haberse dignado bailar con ella. Él también lamentó no haberla observado, por su timidez, y pensando en eso se marchó del prado.
Como se habÃa retrasado mucho, echó a correr camino abajo, cruzó la hondonada y remontó la inmediata colina. AllÃ, sin haber alcanzado a sus hermanos, se detuvo a respirar y volvió atrás la vista. Vio a lo lejos las blancas figuras de las muchachas en el verde cercado, girando en torbellino, como cuando él se hallaba entre ellas. Y pensó que todas se habrÃan olvidado ya de él por completo.
Todas sÃ, excepto quizá una. Separada del corro estaba una blanca silueta junto al vallado. Por el lugar en que se hallaba, él reconoció en ella aquella linda moza con quien no habÃa bailado. Y aunque se trataba de una naderÃa, se sintió responsable de haberla herido en su amor propio con su descuido y lo lamentó profundamente, asà como el ignorar hasta su nombre. SentÃa que se habÃa conducido como un necio con una muchacha tan expresiva, tan modesta, tan suave, tan delicada con aquella ligera túnica blanca.