Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville A la siguiente mañana ellas bajaron bostezando la escalera, y tras realizar, como de costumbre, el desnatado y el ordeño, entraron de nuevo para desayunar. El ganadero Crick andaba dando vueltas por la casa de muy mal humor. Acababa de recibir una carta de cierto cliente quejándose de que la manteca sabía mal.
—¡Ya lo creo que sabe mal! —exclamaba el lechero que tenía en la mano una estaca, a guisa de espátula, con cuyo extremo había recogido un poco de manteca—. Ya lo creo. ¡Y si no, pruébenla ustedes!
Se arremolinaron todos en torno a él y probaron la manteca Ángel, Tess y las demás chicas de la casa, luego dos de los mozos, y por último la señora de Crick, que acudió desde la cocina, donde acababa de preparar la mesa. No cabía duda, la manteca estaba picada.
El lechero, que había permanecido absorto para mejor apreciar el gusto y dar con la nociva hierba causante del estropicio, exclamó de repente:
—¡La culpa la ha tenido un ajo! ¡Y yo que creía que ya no quedaba ni uno en el prado!
Entonces recordaron los mozos que también había fermentado la manteca, a raíz de haber entrado las vacas en cierta pradera ya seca, sin que el ganadero adivinara entonces la causa de su mal sabor, atribuyendo esto a brujería.
—Pues hay que darle un repaso a esa pradera —dijo el señor Crick—, esto no puede continuar.
