Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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XXIII

Había caído inadvertidamente sobre ellos el cálido tiempo de julio y la atmósfera del extenso valle gravitaba pesadamente como un narcótico sobre la gente de la granja, así como sobre las vacas y los árboles. Caían con frecuencia grandes aguaceros calientes y humeantes, enranciando la hierba de los cotos donde pastaban las vacas y retrasando en los demás la campaña forrajera.

Era aquélla una mañana de domingo. Había terminado el ordeño y volvían ya a sus casas las mozas que no dormían en el establecimiento.

Tess y las otras tres estaban vistiéndose a toda prisa para ir juntas a la iglesia de Mellstock, que distaba cinco o seis kilómetros de la granja. Llevaba ya Tess dos meses en Talbothays y era aquélla su primera excursión.

Toda la tarde y noche anteriores no habían cesado de retumbar los truenos sobre los prados, habiéndose llevado la tormenta hasta el río buena porción del heno amontonado. Pero aquella mañana el sol tenía ese fulgor extraordinario que muestra a raíz de un temporal, estando el aire perfumado y transparente.


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