Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Sintiéndose inquieto Ángel salió de la casa al cerrar la noche, mientras la que le había conquistado se retiraba a su cuarto.
Hacía una noche tan bochornosa como el día. No corría viento ni había frescor alguno más que en la misma hierba. Los caminos, las sendas del jardín y los muros de la casa y del tinado eran otros tantos hornos abrasadores que reflejaban la temperatura del mediodía en el rostro del noctámbulo.
Ángel se sentó junto a la puerta oriental del patio de la granja, y no sabía qué pensar de sí mismo. Su buen sentido había cedido por completo al sentimiento.
Luego de aquel súbito abrazo de tres horas antes, ellos no habían vuelto a estar juntos. Ella parecía sobrecogida, casi asustada de lo ocurrido, en tanto que él estaba inquieto por la novedad, la impremeditación, el dominio de la circunstancia; siendo tan palpitante y contemplativo como era. Apenas podía definir sus relaciones hasta aquel momento, ni acertaba a trazarse la norma de conducta que en adelante habría de seguir con los demás.
