Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville —Muy bien hecho —repuso Ãngel, buscando con los ojos la botella de hidromiel.
—El hidromiel lo he encontrado demasiado alcohólico —continuó su madre—, y como no me parecÃa propio para bebida, sino para emplearlo como remedio, lo mismo que el ron o el aguardiente, lo he guardado en el botiquÃn.
—Nosotros, por principio, no bebemos alcohol a la mesa —agregó el padre.
—Pero entonces, ¿qué voy a decirle después a la mujer del ganadero?
—¿Qué has de decirle sino la verdad?
—Pues yo preferirÃa decirle que nos habÃan sabido a gloria el hidromiel y los budines. Es una mujer muy obsequiosa y amable, y con seguridad que será lo primero que me pregunte a mi regreso.
—Como no los hemos probado, no puedes decirle otra cosa —observó el pastor sentencioso.
—¡Claro! ¡Aunque ese hidromiel debÃa estar… de órdago!
—¿Qué es eso? —exclamaron a coro Cuthbert y Félix.
—Es una expresión que usamos allà —replicó Ãngel un poco azorado.
Comprendió que sus padres y hermanos eran tan irreprochables en punto a moral práctica como injustos por su falta de sentimiento y no volvió a insistir.