Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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Recapacitó luego en la inconsecuencia en que incurría él mismo al fijarse con excesiva atención en ciertas circunstancias de la vida de Tess, cual si fueran rasgos vitales de la muchacha. Él la quería por ella misma, por su alma, por su corazón, por su esencia humana, no por su destreza en los menesteres de la vaquería ni por sus aptitudes de discípula, y mucho menos todavía por sus sencillas creencias, puramente formales. La diáfana y franca existencia de la joven, exenta de todo sofisma, no requería el barniz del convencionalismo para resultar grata y amable. Él opinaba que la educación afectaba muy poco a los latidos de la emoción y a los impulsos en que se basa la ventura doméstica. Era probable que en el transcurso de los tiempos surgieran sistemas morales perfeccionados y una educación intelectual más eficaz que disciplinasen los resortes involuntarios y hasta los instintos subconscientes de la naturaleza humana; pero hasta el momento presente podía asegurarse, a su juicio, que el estado de la cultura sólo había afectado a la epidermis mental de las vidas desarrolladas bajo su influjo. Tal creencia la veía confirmada por su experiencia de las mujeres, que, habiéndose extendido últimamente de la clase media culta a la gente del campo, le había enseñado que era mucho menor la diferencia entre la mujer buena y discreta de una y otra clase social que entre la buena y la mala, la discreta y la necia de una misma clase.


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