Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Aquel rechazo, aunque inesperado, no abatió definitivamente a Ángel. Su experiencia con las mujeres era lo bastante rica para no comprender que la negativa es muchas veces el prólogo del consentimiento, aunque ignoraba que la presente negativa constituía una excepción a la estrategia de la coquetería. Consideraba él como una seguridad el que ella le hubiera permitido cortejarla, sin pararse a pensar en que en los campos y pastizales «suspirar gratis[91]» es cosa indiferente y vana, pues el simple escarceo amoroso se practica allí desinteresadamente, sólo por la grata delicia que procura, no como en los salones ambiciosos donde el ansia de las muchachas por casarse cohibe el saludable impulso de la pasión sencilla y única.
—Tess, ¿por qué me dijiste no de esa manera tan decidida? —le preguntó Ángel unos días después.
Ella se sobresaltó.
—No me pregunte el porqué…, en parte ya lo dije. No soy lo bastante digna de usted… —¿Cómo? ¿No eres una dama bastante refinada?
—Bueno, algo así —murmuró la joven—. Los suyos me despreciarían.
