Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Caía la tarde cuando los jóvenes avanzaban por la carretera que atraviesa los prados y se extiende a lo largo de varias leguas de paisaje gris, dejando a sus espaldas en la lejanía las frondosas y abruptas praderas del bosque de Egdon. En las cumbres de aquellas alturas se veían bosques de abetos, cuyas erguidas copas semejaban artilladas torres coronando los oscuros frentes de encantados castillos.
Tan absortos iban ambos en la emoción de su mutua compañía que tardaron en hablarse y sólo rompía el silencio el gorgoteo de la leche en las grandes cubas que llevaban detrás. Tan solitario era aquel camino que las avellanas de los árboles permanecían pegadas a los pedúnculos hasta que se salían de sus vainas, y las zarzamoras de los setos colgaban en pesados racimos. De cuando en cuando restallaba Ángel su tralla; y enlazando con ella alguno, tiraba de él y se lo brindaba a su compañera.
