Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville —¡Madre, madre! —murmuró Tess.
Recapacitaba la joven en la poca mella que hacÃan en el ánimo desenfadado de su madre las cosas más serias. No veÃa la vida como su hija. El tremendo episodio no era para ella sino un acontecimiento de poca importancia. Pero tal vez acertara en la conducta que le aconsejaba seguir, cualesquiera que fueran las razones en que se inspirase. El silencio, considerado objetivamente el asunto, parecÃa lo mejor para la felicidad de su adorado; asà que ¡silencio!
Afianzada de esta suerte la convicción de Tess por el mandato de la única persona que tenÃa en el mundo una sombra de derecho para dirigir su conducta, logró tranquilizarse. HabÃa desplazado asà su responsabilidad y sentÃa en su corazón una holgura no experimentada desde hacÃa mucho tiempo. Los dÃas del feneciente otoño que siguieron a aquél en que dio su consentimiento, primeros del mes de octubre, constituyeron una temporada durante la cual vivió en alturas espirituales, más cercanas al éxtasis que en época alguna de su vida.