Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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Ella se olvidó del pasado, lo pisoteó y lo apartó de sí, como se pisotea un ascua incandescente y peligrosa. No sabía Tess que los hombres pudieran ser, en su amor a las mujeres, tan caballerosos, leales y protectores como lo era Ángel. Distaba éste mucho de ser lo que ella se creía en tal respecto, pero era, sin duda, más espiritual que carnal; sabía reprimirse y estaba singularmente a cubierto de los desmanes explosivos de la impremeditación, siendo más brillante que apasionado, menos byroniano que shelleyano; podía amar desesperadamente, pero con un amor que propendía a lo etéreo e imaginario; era su pasión una emoción torturadora capaz de preservar a la amada de él mismo. Esto arrebataba y desconcertaba a Tess, cuyas breves experiencias habían sido hasta allí tan desdichadas, y en su reacción contra su mal juicio sobre el sexo masculino, hubo de formarse de Ángel un concepto sublime, excesivo.

Se buscaban ahora el uno al otro sin tratar de disimularlo; en su inocencia, no se preocupaba ella de encubrir su deseo de estar a su lado. Vagamente, sin duda, pero de modo certero, comprendía Tess que esa afectación de que se valen las mujeres para engatusar a los hombres había de serle enojosa a un hombre tan perfecto como Ángel, después de una declaración de amor, puesto que tendría que llevar una sospecha de artificio.


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