Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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XXXII

Aquella actitud penitente la cohibía para fijar el día de la boda. Y llegaron los primeros días de noviembre sin que aún hubiera resuelto nada, a pesar de las instancias de Ángel. Parecía ser el vivo deseo de Tess prolongar indefinidamente el noviazgo y que todas las cosas siguiesen como estaban.

Empezaba a cambiar el aspecto de los prados, pero todavía era la temperatura lo bastante templada en las primeras horas de la tarde, antes del ordeño, para dar un paseo por los campos, aprovechando el ocio que en aquella época del año dejaban las tareas de la lechería. Tendiendo la vista por el húmedo césped en dirección al sol vislumbraban los jóvenes una brillante estela formada por los filamentos de las orugas, semejante al rielar de la luna sobre el mar. Los cínifes, ignorantes de su gloria fugaz, cruzaban la franja luminosa de la senda y lanzaban el mismo fulgor que si estuvieran ardiendo, aunque al trasponer la línea de la sombra se extinguían por completo. En presencia de aquel espectáculo recordaba Ángel que aún no había resuelto la fecha de la boda.




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