Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Ángel sintió el deseo de pasar un día con ella antes de la boda en alguna parte, fuera de la vaquería, como última correría con ella dentro del noviazgo; un día romántico en circunstancias que nunca más habían de repetirse, teniendo por delante aquel otro, más luminoso y solemne. Durante la semana anterior a éste, le propuso, pues, a Tess la idea de ir a efectuar ciertas compras a la ciudad vecina, para lo cual habían de ir los dos juntos.
Había hecho Ángel en la vaquería la vida de un recluso, completamente apartado de las personas de su condición social. Hacía varios meses que no iba a la ciudad, y, no necesitando vehículo, no había pensado en proveerse de él, alquilándole el jaco o el calesín al ganadero siempre que tenía que hacer alguna excursión larga. Y en el calesín fueron aquel día.
Y por primera vez entraron en las tiendas, como si ya fueran marido y mujer. Era la Nochebuena, con sus cargas de muérdago y acebo. La ciudad estaba atestada de forasteros llegados de todas partes con motivo de la festividad. Tess, que iba del brazo de Ángel, muy oronda y radiante de puro feliz, llamaba la atención de todos.
