Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville La taberna de Rolliver, única cervecería que había por aquella parte del destartalado villorrio, sólo podía ufanarse de tener licencia para despachar para llevar a casa, y, como nadie podía legalmente beber allí dentro, el espacio público de que disponía para los parroquianos se reducía a una tabla de quince centímetros de ancho por dos metros de largo, unida por alambres a la estacada de un raquítico jardín, formando una ménsula. Allí ponían sus copas los sedientos forasteros cuando se detenían en el camino, arrojando los restos al suelo, a usanza polinesia, y echando siempre de menos un asiento para descansar en el interior.
Ése era el deseo de los forasteros. Pero había también parroquianos de la localidad que sentían el mismo antojo, y ya se sabe que querer es poder.
