Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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XXXIV

Recorrieron unos cuantos kilómetros del camino llano que atraviesa el valle, llegaron a Wellbridge, torcieron a la izquierda y pasaron el gran puente isabelino que da al lugar la mitad de su nombre[97]. Inmediatamente detrás de él estaba la casa donde iban a parar, y cuyo aspecto exterior conocen tan bien los viajeros que cruzan el valle del Froom, casa que había sido en otros tiempos parte de la mansión solariega de uno de los d’Urberville y que ahora, medio demolida, había sido convertida en granja.

—¡Bienvenida seas a esta mansión de tus antepasados! —le dijo Ángel ayudándola a bajar del coche.

Aunque al punto se arrepintió de aquella broma, que parecía una burla.

Al entrar se encontraron con que, a pesar de no haber encargado más que dos habitaciones, el labriego había aprovechado su esperada estancia para ir a visitar a unos amigos con motivo del Año Nuevo, encargando a la mujer de una casa vecina de atender a sus pocas necesidades. No les agradó poco a los novios el tener a su disposición toda la casa, cuyo rústico techo sólo a ellos cobijaba.

Pero Ángel notó que a su mujer no le hacía mucha gracia aquella enmohecida mansión. Luego que partió el carruaje subieron a lavarse las manos, guiados por la mandadera. Al llegar al rellano de la escalera se detuvo sobresaltada Tess.


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