Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Aquéllas fueron sus primeras palabras duras. Pero lanzar sobre Tess sarcasmos complicados equivalía a dirigirlos a un perro o un gato. Incapaz de fijarse en su sutil sentido, ella los tomaba solamente como indicio de hostilidad, demostrativos de que Ángel se dejaba llevar por la ira. Guardaba silencio Tess, ignorando que el joven trataba de dominar el cariño que le inspiraba. Apenas reparó en que una lágrima corría pausadamente por la mejilla de Ángel, tan gruesa que dilataba los poros de la tez al resbalar por ellos, como el objetivo de un microscopio. El pobre muchacho hacía por adaptarse a la tremenda y absoluta mudanza que la confesión de su esposa había operado en su vida, esforzándose por descubrir un nuevo derrotero. Habría que adoptar con urgencia una determinación, ¿pero cuál?
—Tess —dijo con toda la suavidad que le fue posible dar a sus palabras—, no puedo permanecer, por ahora, en esta habitación. Necesito salir a respirar el aire.
Abandonó silenciosamente la estancia, y los dos vasos de vino que escanciara para la cena —uno para ella y otro para él— quedaron intactos sobre la mesa. Y en eso fue en lo que vino a parar su ágape[102]. Al tomar el té tres horas antes estaban tan mimosos que bebían de una taza.