Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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XXXVI

Clare se despertó a la luz de una alborada cenicienta y furtiva que se diría muy propia para iluminar un ambiente de crimen. Ante sí tenía el hogar con sus ascuas apagadas; la cena servida en la mesa, con los dos vasos intactos, llenos de un vino sin probar y turbio; los vacíos asientos de los dos, y el resto del moblaje con un aspecto de cosas fatalmente eternas; y en todo eso veía esta terrible interrogación: «¿Qué hacer?». No llegaba de arriba ruido alguno, pero a los pocos minutos llamaron a la puerta. Recordó que acaso fuera la vecina encargada de servirlos mientras estuvieran allí.

La presencia en la casa de una tercera persona se le hacía muy violenta, y como se encontraba ya vestido, él abrió la ventana y le dijo que por aquella mañana no necesitaban sus servicios y que podía dejar a la puerta del cuarto el jarro de leche que les llevaba. Luego que se hubo ido la mujer, rebuscó él en las habitaciones interiores de la casa combustible y procedió a encender la lumbre. Había allí en abundancia huevos, manteca, pan y otras cosas en una alacena, y Ángel no tardó en preparar el desayuno, que ya en la vaquería se había familiarizado con las faenas domésticas. El humo de la chimenea se elevó a poco como una columna rematada por flores de loto; y los vecinos de aquellos alrededores que por allí pasaban pensaban al verla en los recién casados y les envidiaban su felicidad.


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