Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Miró Tess de reojo a su marido. Estaba pálido, incluso trémulo. Como antes, le abrumó la firmeza que revelaba aquel ser aparentemente tierno con quien se habÃa casado y la fuerza de voluntad con que sometÃa los impulsos más bajos a la emoción sutil, la sustancia a la idea y la carne al espÃritu. Tendencias, propensiones, hábitos eran como hojarascas entregadas al tiránico vendaval de su imaginativo dominio.
Debió él observar su mirada, porque se apresuró a decirle:
—Yo pienso con más cariño en las personas cuando las tengo lejos —y añadió cÃnicamente—: Sabe Dios si algún dÃa nos hundamos juntos por cansancio; no es la primera vez que ocurre asÃ.