Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Llegó la medianoche y pasó en silencio, porque en el valle del Froom no había nada que anunciara su paso. Poco después de la una se produjo un leve crujido en la oscura casa de labor que fuera un tiempo mansión de los d’Urberville. Lo oyó Tess, que ocupaba la habitación de arriba, y se despertó. Procedía el ruido de un peldaño del rincón de la escalera que estaba medio desclavado. Oyó luego abrirse la puerta del cuarto y vio a su marido cruzar la franja de claridad lunar con paso extrañamente cuidadoso. Sólo llevaba puestos la camisa y los pantalones, y la primera alegría de Tess se extinguió al notar que tenía los ojos fijos en una extraña y espantosa contemplación. Al llegar al medio de la estancia se detuvo y murmuró con tono de tristeza inefable:
—¡Muerta! ¡Muerta! ¡Muerta!
Bajo el influjo de alguna honda e intermitente perturbación nerviosa solía Ángel levantarse dormido y hacer cosas raras, como la noche aquella que volvieron del mercado pocos días antes de casarse, cuando reprodujo en su lecho la lucha con el hombre que insultara a Tess. Ésta comprobó que aquella continua serie de contrariedades morales le había provocado un nuevo ataque de sonambulismo.
