Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Tres semanas después de su boda bajaba Clare la cuesta que conducía a la parroquia de su padre. Según iba descendiendo veía el joven la torre de la iglesia, que se erguía sobre el cielo de la tarde, como preguntándole que a qué iba. Ningún alma viviente parecía advertir su presencia en aquel pueblo sumido en plácido crepúsculo, y mucho menos esperarla. Llegaba como un fantasma y a él mismo le asustaba el ruido de sus pasos.
Había cambiado para él el panorama de la vida. Hasta entonces sólo la había conocido especulativamente; ahora creía verla con los ojos del hombre práctico, aunque quizá todavía no pudiera reputársele tal. Sin embargo, no se representaba ya a la humanidad con la imaginaria dulzura del arte italiano, sino en la actitud vigilante y espectral con que la representa Wiertz y el aire malicioso de un estudio de Van Beers[111].
