Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Durante el almuerzo la conversación versó acerca del Brasil, y todos se afanaron por ver con esperanza los planes de Ángel, a pesar de las desconsoladoras referencias que hacían de aquel país algunos labradores que, habiendo emigrado allá, tuvieron que volverse a su tierra antes de un año. Acabado el almuerzo marchó el joven a la ciudad con objeto de ventilar ciertos asuntos pendientes que en ella tenía y retirar del banco su dinero. A la vuelta se encontró con la señorita Mercy Chant, junto a la iglesia, de cuyos muros parecía formar parte. Llevaba la muchacha un puñado de biblias para su clase y tenía tal concepto de la vida, que lo que a otras les causaba pesar en el corazón a ella más bien le provocaba a alegre sonrisa —cosa envidiable, aunque en opinión de Ángel tal resultado era debido a un curioso y antinatural sacrificio del sentimiento de humanidad en aras del misticismo.
Se había enterado la joven de que Ángel estaba en vísperas de dejar Inglaterra, y le auguró éxito en sus proyectos.
—Sí, es una buena idea, desde el punto de vista material —replicó él—, sólo que viene a romper la continuidad de la existencia. Quizá fuera preferible un claustro.
—¿Un claustro? ¡Oh no, Ángel Clare!
—¿Por qué no?
