Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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Pero lo que más hubo de sorprender a Tess no fue la doctrina, sino la voz del orador, que hubiera jurado no era otra que la de Alec d’Urberville. Con el semblante pasmado de penoso asombro dio la vuelta al granero hasta ponerse de frente al predicador, delante de la puerta de entrada. El sol de invierno daba de plano sobre la gran puerta, una de cuyas hojas estaba abierta, de suerte que los destellos solares se extendían por el piso de la trilla, llegando hasta el predicador y su auditorio, agradablemente guarecidos de la brisa del norte. El auditorio se componía exclusivamente de campesinos, y entre ellos se hallaba el hombre aquel del bote de bermellón que ella se encontrara en la ocasión que se recordará. Pero la atención de Tess se concentró en la figura principal que, de pie, encima de unos sacos de grano, estaba de cara al público y a la puerta. El sol de las tres de la tarde le daba de lleno, y Tess hubo de reconocer como un hecho inconcuso, no bien le hubo mirado con alguna atención, que aquel predicador tan austero no era otro que su seductor.






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