Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville El negocio de compra y venta en que sir John se ocupaba y que dependÃa principalmente del caballo, se vio desorganizado de allà en adelante. Empezaron a asomar a lo lejos las dificultades y los apuros, precursores de la miseria. En opinión de las gentes, Durbeyfield era un haragán, pues solÃa trabajar de firme de cuando en cuando, pero no las horas necesarias, y poco acostumbrado a la actividad regular del jornalero, no era muy asiduo cuando ambas cosas coincidÃan.
A todo esto Tess, como autora de aquel desastre, se preguntaba en silencio qué podrÃa hacer para repararlo. Y en esta coyuntura fue cuando su madre le comunicó su proyecto.
—Tenemos que tomar lo bueno y lo malo, Tess —dijo—. A mà me parece que en ningún otro momento nos hubiera venido mejor el enterarnos de tu sangre noble. Es menester que recurras a las personas de tu sangre. ¿Sabes que ahÃ, muy cerca del Chase, vive una señora muy rica, la señora d’Urberville, que tiene que ser parienta nuestra? Debes ir a visitarla para reclamar el parentesco y pedirle que nos ayude a salir de este atranco.
—No querrÃa hacerlo —dijo Tess—. Si existe tal señora, ya serÃa bastante que nos dispensase buena acogida, sin esperar que nos prestase ayuda.
—Tú podrÃas conseguirlo todo de ella, hija mÃa. Además, que quién sabe todo lo bueno que de ahà puede venirnos. He oÃdo lo que he oÃdo, cariño.
