Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Varios dÃas habÃan transcurrido desde la infructuosa excursión de Tess y la joven se hallaba de nuevo en el campo. Soplaba todavÃa el viento del seco invierno, pero un abrigo de ramaje y paja, levantado contra la corriente del aire, la resguardaba de su azote. En la parte del campo asà defendida habÃa una máquina mondadora de nabos, cuyo viso azul de pintura reciente parecÃa lanzar gritos en el por lo demás tranquilo escenario. Frente a dicho artefacto se extendÃa una trinchera o foso donde permanecÃan resguardadas las raÃces desde el principio del invierno. De pie, junto al extremo descubierto, se ocupaba Tess en desbrozar con su almocafre las fibras y la tierra adheridas a las raÃces, arrojándolas seguidamente a la mondadora. De poner en movimiento la máquina se encargaba un hombre, viéndose a poco salir las mondadas pulpas, cuyo rumor iba acompañado del que hacÃan el viento y el roce de las tajantes hojas y del escardillo en la enguantada mano de la muchacha.
