Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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XLVI

Varios días habían transcurrido desde la infructuosa excursión de Tess y la joven se hallaba de nuevo en el campo. Soplaba todavía el viento del seco invierno, pero un abrigo de ramaje y paja, levantado contra la corriente del aire, la resguardaba de su azote. En la parte del campo así defendida había una máquina mondadora de nabos, cuyo viso azul de pintura reciente parecía lanzar gritos en el por lo demás tranquilo escenario. Frente a dicho artefacto se extendía una trinchera o foso donde permanecían resguardadas las raíces desde el principio del invierno. De pie, junto al extremo descubierto, se ocupaba Tess en desbrozar con su almocafre las fibras y la tierra adheridas a las raíces, arrojándolas seguidamente a la mondadora. De poner en movimiento la máquina se encargaba un hombre, viéndose a poco salir las mondadas pulpas, cuyo rumor iba acompañado del que hacían el viento y el roce de las tajantes hojas y del escardillo en la enguantada mano de la muchacha.






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