Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville No obstante haber declarado d’Urberville que su falta al sermón de aquel día era la sencilla recaída de un creyente, las palabras de Tess, eco de las de Ángel Clare, habían hecho en su ánimo impresión profunda y continuaron haciéndola después de haberse separado de Tess. Anduvo en silencio como si sus energías se le hubiesen entumecido por efecto de la posibilidad, que no sospechaba hasta entonces, de que su situación fuera insostenible. No había tenido parte la razón en su conversión caprichosa, que acaso fuera tan sólo humorada de hombre inconsistente que anda a la busca de sensaciones nuevas y consecuencia también de la impresión temporal que en él causara la muerte de su madre.
Aquellas gotitas de lógica que Tess dejara caer en el mar de su entusiasmo dieron por resultado apagar su efervescencia. En tanto se alejaba, repasaba en su mente una y otra vez las frases cristalizadas que la muchacha le transmitiera. «¡Qué poco sabía», se decía, «ese inteligente muchacho que al decirle esas cosas a Tess contribuía a allanarme el camino para volver a ella!».