Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville La imploración de Tess llegó puntualmente a la mesa del comedor de la apacible casa parroquial, siguiendo su accidentado derrotero por aquel valle en que el aire es tan suave y tan rico el suelo, que el trabajo de la tierra requiere simplemente una somera ayuda, comparado con la activa labor de Flintcomb-Ash; aquel valle cuyos moradores se les antojaban a Tess tan particulares cuando eran como todo el mundo. Para más seguridad le había dicho Ángel que le enviara las cartas por conducto de su padre, al que tenía al tanto de todos sus cambios de residencia en el país a que se había trasladado, lleno de congoja, con la mirada de crearse un porvenir.
—Creo —dijo a su esposa el anciano pastor, luego de leer el sobre— que si Ángel se propone salir de Río para venir a vernos a fines del mes que viene, como nos dijo, puede que esta carta le haga apresurar la ejecución de sus planes, porque me parece que es de su mujer.
Suspiró profundamente el reverendo al pensar en ello, y se dio prisa a reexpedir la carta a la dirección de Ángel.
