Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville A las diez en punto se hundió Tess en la fría sombra equinoccial, emprendiendo su jornada de veinticinco kilómetros bajo la acerada claridad de las estrellas. En las comarcas solitarias la noche es un amparo más que un peligro para el caminante silencioso, y Tess, que lo sabía, siguió el camino más corto, metiéndose por sendas y veredas que en pleno día no se hubiera atrevido a cruzar; no había malhechores por aquellos campos, y además iba ella únicamente preocupada con la idea de ver a su madre enferma y no pensaba en otra cosa. Así anduvo kilómetro tras kilómetro, subiendo y bajando hasta llegar a Bulbarrow, siendo ya medianoche cuando pudo contemplar desde lo alto el caótico abismo de sombra, que tal parecía en aquel momento a sus ojos el valle en cuyo lejano confín naciera. Después de haber recorrido ya unos ocho kilómetros por la montaña tenía que andar ahora diecinueve o veinte por la hondonada antes de dar por terminado su viaje. Según iba recorriendo veía más claramente a la lívida luz del estrellado cielo el tortuoso camino, no tardando en pisar una tierra tan distinta de la montaña que el contraste resultaba apreciable para el olfato y el tacto. Era aquél el duro terreno arcilloso de Blackmoor, por la parte del mismo aún no invadida por barreras y portazgos. Llenas de supersticiosas leyendas estaban aquellas tierras que, habiendo sido antaño inextricables bosques, parecían volver a asumir en la hora nocturna algo de su antiguo carácter, hundiéndose cercanías y lontananzas y resaltando con marcado perfil árboles y setos. Asediaban a la imaginación las cacerías de ciervos allí celebradas, las pruebas a que antaño se sometiera a las brujas, y las consejas de duendes y hadas, cubiertos de verdes lentejuelas, que gemían al paso del caminante. El paisaje entero parecía como hechizado.
