Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Durante las primeras horas de la madrugada siguiente, antes de que amaneciera, los vecinos de las casas inmediatas a la carretera vieron perturbado su nocturno reposo por un tráfago estruendoso e intermitente que se prolongó hasta la alborada. Era tal barahúnda tan inseparable de aquella primera semana del mes como el canto del cuco de la tercera del mismo.
Aquéllos eran los preliminares del general desplazamiento, el paso de los carromatos vacíos que iban a recoger los ajuares de las familias trashumantes; porque era siempre el vehículo del contratante el que trasladaba al bracero al lugar donde se había comprometido para trabajar. El madrugón se imponía para que todo quedara terminado en el día, explicándose así que todo aquel trajín empezase al filo de la medianoche, pues los carreteros se proponían estar a las seis de la mañana a la puerta de las familias salientes y proceder seguidamente a la carga de los trastos y chismes.
Pero a Tess y su madre ningún hacendado solícito les mandaba transporte. No eran braceros, sino simples mujeres a las que nadie necesitaba; y de aquí que tuvieran que ajustar por su cuenta un carro, pagando por el transporte hasta del último trasto.
