Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville A pesar de la extraña redacción de aquella carta, fue tal la satisfacción que experimentó Ángel al saber que, por lo menos, según parecía, se encontraba Tess bien de salud, que no le preocupó gran cosa aquel misterio con que la madre le hablaba del paradero de su hija. Saltaba a la vista que todos estaban enojados con él. Pues esperaría a que la viuda le anunciara el regreso de la muchacha que, a juzgar por lo que decía la carta, no había de retrasarse mucho. No merecía él más después de todo. Había sido su amor un amor «que se altera cuando encuentra alteración[147]». Durante su ausencia había tenido ocasión de ver muchas rarezas; había visto a la virtual Faustina convertida en la literal Cornelia; a la espiritual Lucrecia encarnada en el cuerpo de Friné; había pensado en la mujer acusada y a punto de ser puesta en la picota, y en la esposa de Urías convertida en reina[148] y se había preguntado por qué no había de juzgar a Tess por su condición más que por su biografía, por su intención y no por sus actos.
Permaneció un par de días en casa de sus padres, aguardando la respuesta de la viuda y haciendo por recobrar las energías perdidas. Volviéronle éstas, pero no recibió la anhelada misiva. Entonces buscó Ángel la carta de Tess que recibiera en el Brasil y la releyó, conmoviéndole ahora sus palabras tanto como la vez primera: