Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Un cuarto de hora más tarde salía Ángel de casa de sus padres, seguido hasta volver la esquina por la amorosa mirada de su madre. No había querido el joven servirse de la caduca yegua del pastor, en atención a la falta que a éste le hacía. Así que fue a la posada y alquiló un tílburi, aguardando con impaciencia a que acabaran de enganchárselo. A los pocos minutos salía del pueblo, remontando la cuesta por la que tres o cuatro meses antes bajara Tess llena de esperanzas, para volver a subirla luego con sus ilusiones marchitas.
Pronto vio extenderse ante sus ojos la calzada de Benvill con sus setos y sus árboles cuajados de brotes púrpura, pero el joven iba harto embebecido en sus pensamientos, y sólo veía del terreno circundante el trecho suficiente para no errar el camino. A la media hora de marcha había costeado por el sur las tierras de King’s Hintock y llegado al punto en que se alzaba aquella solitaria piedra de Cross-in-Hand, el malhadado monolito sobre el cual Tess, a instancias de Alec d’Urberville, prestara aquel día el extraño juramento de no hacer nada por seducirle.
Las pálidas y ajadas ortigas del año anterior se veían desmedradas en las laderas del camino, y nuevos retoños brotaban de sus raíces en la incipiente primavera.
