Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Aquella misma noche, a las once, luego de tomar habitación en un hotel y de telegrafiar a sus padres comunicándoles sus señas, se echó a andar por las calles de Sandbourne. Era ya tarde para visitar a nadie ni hacer indagación alguna, por lo que, aunque mal de su grado, aplazó Ángel hasta el día siguiente sus pesquisas. Pero no tenía aún dispuesto el ánimo al reposo.
Aquella concurrida ciudad-balneario, con sus dos estaciones del este y el oeste y sus verdes jardines, se le figuraba a Ángel un paraje fantástico, súbitamente creado por una varita mágica, por más que se mostrase un tanto polvoriento. Cerca de él se veía un ramalazo occidental del infinito páramo de Egdon, pero al borde mismo de ese atezado jirón de antigüedad había tenido esta ciudad de placer la humorada de erguir su novedad flamante. A un kilómetro no más de los suburbios todo accidente del suelo era prehistórico; desde el tiempo de los romanos no se había removido allí ni un terrón de tierra, y, sin embargo, eso no había sido obstáculo para que lo exótico germinase allí bruscamente como la famosa calabaza del profeta[151]. Y ahora Tess estaba allí.
