Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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LVI

La señora Brooks, patrona de La Garza, no era muy curiosa de suyo. La pobre mujer estaba harto esclavizada por el demonio de las cuentas de pérdidas y ganancias para atender a otra cosa que no fuera a cobrarles el pupilaje a sus huéspedes. Pero aquella extraña visita de Ángel a Tess, a quien ella tenía por esposa legítima del señor d’Urberville, hubo de despertarle la femenil curiosidad que en ella latía mortecina. Tess había sostenido todo aquel diálogo con su marido desde la puerta, sin entrar en el comedor, y la hospedera, que estaba en su gabinete, situado al fondo de la galería, con la puerta entornada, pudo oír fragmentos del diálogo, si es que puede llamarse así a las palabras cruzadas entre aquellos dos desventurados. Oyó luego subir a la joven, salir a Ángel y cerrarse la puerta principal. Después oyó el portazo del piso de arriba y comprendió que Tess había vuelto a sus habitaciones. Y como había visto que estaba a medio vestir calculó la señora Brooks que no saldría en un buen rato.

En consecuencia, subió despacito la escalera y se detuvo en la puerta de la habitación que daba a la fachada principal: un gabinete que comunicaba con una alcoba por unas puertas plegables. Aquel primer piso, donde estaban las habitaciones mejores, lo habían alquilado por toda la temporada los señores d’Urberville. La alcoba estaba en silencio, pero del gabinete llegaba algún ruido.


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