Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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LVIII

Fue aquella noche extrañamente solemne y callada. A la madrugada Tess susurró a Ángel la ocasión en que, cogiéndola en sus brazos, la hizo pasar el riachuelo de Froom con riesgo inminente de sus vidas, depositándola luego en el sarcófago vacío de la ruinosa abadía: cosa que él había ignorado hasta entonces.

—¿Por qué no me lo dijiste al día siguiente? —exclamó el joven—. Acaso todos estos horrores y tristezas se hubieran evitado.

—¡No te acuerdes más de lo pasado! —le dijo ella—. Yo sólo quiero pensar en el presente. ¿Quién sabe lo que nos tiene preparado el mañana?

Mas por lo visto, nada funesto les tenía preparado. Al otro día la mañana era húmeda y nebulosa, y Ángel, perfectamente informado de que la guardesa sólo venía a abrir las ventanas los días buenos, se aventuró a salir de la habitación y explorar la casa, mientras Tess todavía dormía. No había por allí nada de comer, pero sí agua, y Ángel aprovechó la niebla para salir de la mansión y procurarse té, pan y manteca en la tienda de un villorrio situado a un par de kilómetros de allí, así como un cacillo de estaño y una lámpara de alcohol, con la que pudieran hacer fuego sin humo.

Al volver él despertó Tess y ambos desayunaron con aquellas provisiones.


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