Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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Como Aquel otro mayor que él, no dio Ángel respuesta a la crítica pregunta, y ambos quedaron otra vez en silencio[155]. Al poco rato se hizo acompasada la respiración de Tess, que soltó la mano de Ángel y se quedó dormida. La cinta de argentina lividez que marcaba el horizonte acercaba y empañaba hasta los detalles más remotos de la gran llanura y todo el inmenso panorama asumía el semblante reservado, indeciso y taciturno, propio del momento inicial del día. Las columnas del este resaltaban negras con sus arquitrabes sobre la claridad de la aurora, descollando entre ellas la gran piedra del sol, semejante a una llama, y la lápida del sacrificio en el centro. Cesó el viento de la noche y con él el temblar de los charcos de agua llovediza que aún quedaban en las oquedades de la piedra. Por el definido confín del saliente parecía moverse una cosa, no más que un puntito. Era la cabeza de un hombre que se aproximaba por el barranco que se extendía más allá de la piedra del sol. Hubiera deseado Ángel moverse de allí, pero las circunstancias en que se hallaba le aconsejaban permanecer inmóvil. La figura aquella venía derechamente hacia el círculo de columnas en que ambos jóvenes estaban.





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