Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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Cuando vieron éstos dónde estaba echada —cosa en que no habían reparado hasta allí—, accedieron a su ruego y se quedaron contemplándola, tan quietos como las columnas que los rodeaban. Ángel se dirigió a la piedra y se inclinó sobre Tess, cogiéndole una de sus delicadas manos; respiraba la durmiente ahora con aliento frecuente y entrecortado como el de un niño. Todos aguardaban bajo la luz creciente, con sus rostros y manos bañados en argentada claridad, y el resto del cuerpo en la sombra; las piedras despedían reflejos verdes y grises, y la llanura no era todavía más que una masa oscura. Pero pronto se hizo más intensa la luz, y sobre la dormida Tess resplandeció un destello que penetró por entre sus párpados, despertándola.

—¿Qué ocurre, Ángel? —exclamó incorporándose—. ¿Han venido por mí?

—Sí, amor mío —respondió él—. Ya están aquí.

—No podía ser de otro modo —contestó ella—. Ángel, después de todo, me alegro. Sí, estoy muy contenta… Esta felicidad no podía durar mucho…, ya ha durado demasiado… He gozado bastante; ya no quiero vivir más, no sea que vayas a despreciarme…

Se puso en pie, se sacudió el vestido y echó a andar, sin que ninguno de los hombres hubiera hecho el menor movimiento.


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