Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Bajó Tess la cuesta hasta el cruce de Trantridge, y sin fijar la atención en nada, esperó a ocupar su asiento en el coche que regresaba de Chaseborough a Shaston. No se enteró siquiera de lo que los otros viajeros le dijeron al entrar, y al arrancar de nuevo el vehÃculo continuó la joven con la mirada vuelta hacia dentro y no hacia el exterior.
Uno de sus compañeros de viaje se dirigió a ella más concretamente que ninguno de los que antes le hablaran:
—¡Qué capullos más lindos! ¡Y qué raro unas rosas como éstas a primeros de junio!
Entonces fue cuando cayó Tess en la cuenta del espectáculo que presentaba a los asombrados ojos de los circunstantes; rosas en el pecho y en el sombrero, y rosas y fresas en el colmado cestillo. Se ruborizó y muy azorada dijo que aquellas flores eran un regalo. Cuando dejaron de mirarla los pasajeros, se quitó con mucho disimulo las más llamativas del sombrero y las metió en el cestillo, cubriéndolas con un pañuelo. Luego volvió a sumirse en cavilaciones, y al mirar cierta vez hacia abajo hubo de pincharle en la barbilla la espina de una rosa que todavÃa le quedaba en el pecho. Como todos los aldeanos del valle de Blackmoor, creÃa Tess en supersticiones y agüeros, por lo que hubo de pensar que aquello era un mal presagio —el primero en que reparara aquel dÃa.
